Irán y el interés argentino

El discurso de la presidenta Cristina Fernández ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el miércoles 21 de setiembre, fue pronunciado el mismo día en el que se conoció el cuestionamiento de la relación argentino-iraní por parte de un ex legislador y otrora diplomático del gobierno de Carlos Menem, desde entonces devenido en secretario de relaciones internacionales del PRO.

 

Abogando por la ruptura lisa y llana de “toda relación diplomática y/o comercial con Irán”, ese cuestionamiento de Diego Guelar, quien fuera embajador argentino en Washington, se centraba en la simultaneidad de la sospechada autoría intelectual iraní de la voladura, en 1994, de la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), con la pujanza, en alza constante, desde hace un lustro, del comercio argentino con Teherán.

Como otros temas de política exterior, el vínculo con Irán no puede -ni debe- estar más allá de toda discusión. Y, en un año en el cual el encargado de negocios de la República Islámica en Buenos Aires anticipó que las exportaciones argentinas a su país alcanzarán los dos mil millones de dólares (valor nunca logrado antes, que excede la cifra de 2010 en un veinte por ciento, confirmando a Irán como principal mercado mesoriental e islámico para la Argentina), no es ésta la primera vez en la que un hecho esencialmente beneficioso para nuestra balanza comercial ha sido cuestionado, sujetándolo a interpretaciones que exageran las implicancias de tal intercambio.

A diferencia de lo que ocurre en otros países, la discusión de las relaciones exteriores argentinas, por lo general, no figura entre los temas de debate durante las batallas electorales por la jefatura del Estado. La pieza de Guelar, por lo tanto, podría servir para inaugurar una gimnasia más afín a la de otras naciones, por caso Estados Unidos, donde aspectos de su política exterior son parte de lo discutido por una franja de los votantes.

Las minusvalías de ese escrito, sin embargo, difícilmente sean auspiciosas para un debate serio de las relaciones internacionales de la Argentina, en particular con Irán.

A diferencia del antes mencionado potencial de una pieza de este tipo, el principal fin de ésta parece ser el de ganar votos para el sector político que hoy incluye a Guelar entre aquella parte del electorado sensible a los problemas de seguridad y/o afectado por el demoledor atentado contra la AMIA.

Es éste un grupo en el que muchos bregan por el rompimiento de relaciones con Irán o, en su defecto, por el cese de los vínculos comerciales. Y algunos son muy críticos de la designación, por parte del titular del gobierno porteño, Mauricio Macri, de Jorge “Fino” Palacios como jefe de policía metropolitano, pese a su cuestionado rol en el caso AMIA.

En el afán de congraciar al PRO con esos simpatizantes, la pieza de Guelar sacrifica precisión a propósito del ataque a la AMIA, incurriendo en errores y omisiones.

El principal yerro fáctico es servirse de los 85 muertos de la voladura de la sede de esa institución para catalogarla como “el mayor atentado ocurrido en el mundo occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, más tarde equiparada con el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941.

¿Es así? Más que ajustarse a la realidad, tal caracterización del atentado a la AMIA evidencia una triste propensión argentina a sobredimensionar nuestra importancia en el contexto mundial, de cara a realidades de todo signo que nos afectan. Salvo que se vea a Beirut -considerada hoy como una París de Medio Oriente- como ajena al mundo occidental, resulta innecesario ser parcial a los perpetradores o estar recorrido por una animadversión hacia las víctimas de la AMIA, para saber que un ataque parecido en el decenio anterior, pero con más del triple de víctimas, fue la voladura, en 1983, de los cuarteles de la Fuerza Multinacional en el Líbano. Con explosivos cargados en dos vehículos conducidos por suicidas, tan sangrienta operación segó 299 vidas, en su mayoría soldados estadounidenses. No en vano, este ataque que Guelar pasa por alto ha sido retratado desde entonces como el atentado individual más mortal de los sufridos por estadounidenses en el extranjero desde la Segunda Guerra.

Dadas las víctimas militares de uno y las civiles del otro podría cuestionarse la comparación de tales incidentes en Buenos Aires y Beirut. Pero ella se ve legitimada toda vez que se abandona el rigor, por caso cuando se propone una narrativa en la que el ataque a la AMIA es afín a Pearl Harbor, pese al hecho de que los militares y civiles estadounidenses muertos en este último sumaban alrededor de 2.500, casi treinta veces las fatalidades de la AMIA.


CONSECUENCIAS COMERCIALES

Tarde o temprano, a ojos de Guelar, la relación con Irán puede verse obligada a reflejar la creciente importancia del comercio bilateral. Y una elevación del rango diplomático del encargado de negocios al frente de la embajada argentina en Teherán sería, según Guelar, francamente incompatible con la presunta inspiración iraní de la voladura de la AMIA. Especialmente, si el ofrecimiento -meses atrás- de ayuda persa para resolver el caso no desembocara en el enjuiciamiento de los “señalados como máximos responsables del atentado”.

Claro que aquéllos sobre los cuales recae tal señalamiento están encabezados por los otrora presidente y entonces canciller iraníes, Ali Akbar Hashemi Rafsanjani y Ali Akbar Velayati, respectivamente.

Curiosamente, al no haber hecho lugar Interpol al pedido argentino de captura de este dúo, así como al de Hadi Soleimanpour, embajador de Irán en Buenos Aires cuando aconteció el atentado, deja abiertos interrogantes acerca de su responsabilidad en tal ataque, más allá de las inmunidades disfrutadas por este trío.

Al no aclarar si la ruptura recomendada debería suceder de todas maneras, de no estar incluidos los tres entre los enjuiciados, Guelar deja que se lo lea como convencido de la necesidad de cortar con la República Islámica.


¿Sería todo esto beneficioso para la Argentina?

Tal como lo ilustran los datos del INDEC, también avalados por las estadísticas iraníes dadas a conocer por entes internacionales, el intercambio bilateral es eminentemente superavitario para nuestro país, al no estar éste necesitado del petróleo de la República Islámica y ser insignificantes nuestras compras de azafrán y pistachos allá.

Desde la Revolución Islámica en 1979, el comercio con Teherán ha permitido al país acumular un nada desdeñable superávit de, por lo menos, 10 mil millones de dólares, valor por ajustar para arriba gracias a la triangulación de parte de las provisiones argentinas a Irán. Guelar menosprecia tal ventaja comercial que, desde 1992, no incluye insumos para el programa nuclear iraní, al etiquetarla como los “pingües negocios” de “empresas amigas”.

Con sus matices, sucesivos gobiernos argentinos encontraron útil dejar la relación con Irán reducida a su dimensión comercial. Al año del atentado, la fórmula diseñada por el entonces canciller Guido Di Tella con su contraparte iraní, Velayati, privilegiaba la intensificación de las relaciones económicas, dada la imposibilidad post-atentado de un vínculo político más fluido. Y no se sabe de diplomáticos al servicio de los distintos gobiernos argentinos involucrados que cuestionaran en su momento tal arreglo.

Esa ausencia de cuestionamiento dista de ser casual. Habitualmente, no es de esperar el regalo a terceros países de mercados propios, en este caso el iraní, cosa que, sin explicitarse así, es una de las consecuencias implícitas en la recomendación de Guelar. A este respecto, cabe recordar que, en el último bienio de Menem en la Casa Rosada, la retracción de las compras locales de Irán, como reacción de Teherán a una segunda degradación de la relación diplomática bilateral desde la voladura de la AMIA cuatro años antes, llevó a Di Tella a autorizar una misión comercial argentina a ese país, luego de haberse verificado que empresas estadounidenses buscaban capitalizar en su favor la merma, entre otras, de las compras aceiteras de Irán aquí.

Estados Unidos, por supuesto, no fue ni es el único que ha tratado de seguir comerciando con Irán. Los propios israelíes, proponentes de distintos castigos contra lo que una variedad de líderes hebreos ha dado en llamar la “amenaza existencial” iraní, en referencia a su programa nuclear, tampoco ha cortado el comercio con Teherán. No es casual, por lo tanto, que el gobierno estadounidense llamara la atención, más de una vez, en años recientes, a su contraparte israelí: sus compras de pistachos iraníes, en vez de los estadounidenses u otros, resultaba incompatible con las medidas draconianas abogadas por el Estado hebreo, en aras de retener su monopolio regional sobre las armas atómicas.

De hecho, es posible que los pistachos encierren una referencia no explicitada por Washington a productos adicionales: la reciente tendencia a engalanar con mármoles y granitos los edificios israelíes se corresponde con la importación desde Irán de tales piedras, a través de Turquía.

En resumen, si el escrito de Guelar es, acaso, también legible como un bosquejo de cómo sería la política exterior argentina en caso de lograr alguna vez concretar su vieja aspiración de liderar el Palacio San Martín, sus recomendaciones de un derrotero más papista que el del Papa (léase más papista que la performance de Estados Unidos e Israel acerca de Irán) son desfavorables al interés argentino en mantener y acrecentar sus mercados de exportación en general, y uno tan importante como el iraní en particular.

Decir tal cosa, sin embargo, no significa creer que la ayuda ofrecida por Irán, en principio un hecho auspicioso que habrá que ver en qué se traduce, ha de resultar en el largamente esperado esclarecimiento del caso AMIA. Y, al igual que en el pasado, es por ahora prematuro suponer que la relación argentino-iraní alcanzará un brillo proporcional al del comercio bilateral antes de ser reencaminados los vínculos de Irán con Estados Unidos.

Por lo demás, sería ocioso suponer que el artículo de opinión de Guelar, tal como apareció en La Nación -matutino de línea editorial difícilmente antitética a Estados Unidos e Israel- refleja automáticamente la posición de este diario frente al caso AMIA. En contraste con Guelar, que parece considerar una certeza el rol iraní en ese atentado, un miembro de la redacción de La Nación sostenía hace unos años que “las pruebas faltan en el dictamen” de los fiscales argentinos, subrayando que la causa AMIA “sigue lejos de las pruebas y las normas”, metamorfoseada “en una cuestión de fe”. Naturalmente, nada de lo antedicho excluye la posibilidad de una autoría mesoriental, incluida la iraní, de ese atentado. Todo, finalmente, estará sujeto a un dictamen judicial, o al ingreso al dominio público de documentación que hoy es inaccesible.


Ignacio Klich es historiador y compilador (con Zidane Zeraoui) de Irán. Los retos de la República Islámica, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.

 

 

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